En algún momento de mi vida las cosas se hicieron añicos, me quitaron la infancia, y la que viví, lo hice de mala manera.
Cuando tenía ocho años yo ya sabía lo que significaba la palabra infidelidad, mi papa era un infiel crónico, sentía tristeza por mi madre e imagino que ella por mí. Mi madre no tenía muchos amigos, es difícil tener amigos cuando vivís con un alcohólico, no un alcohólico cualquiera, sino uno que golpea, que grita, que manipula, que te arrincona, hasta que se te quitan las ganas de querer o de esperar, hasta que la vida se vuelve sombría y andas caminando siempre con mirada baja, con semblante triste, porque te apagaron el alma, porque no te riega la luz del día y no sentís calor, ni frio, ni hambre, ni nada.
Mi mama me contaba todo, yo sabía todo, ella necesitaba alguien con quien hablar, ella ocupaba quien la salvara y yo quería salvarla, porque nací con el alma anciana, queriendo volver a tejer el mundo, por que ocupaba aferrarme de algo, de lo que fuese, para tener donde anclarme la vida, para que no se me quitaran las ganas de vivirla.
Un día, un mes, un año, no lo recuerdo todo,  pero si tenía ocho años, era pequeña y curiosa, siempre tuve una sed insaciable por saber la verdad, por necesitar la verdad, andaba como investigando, como corroborando, fue  así que luego de siempre escuchar conversaciones de adultos y a esa corta edad saber de las cosas ¨malas¨ qué hacia mi papa, me decidí esa noche sin fecha, a ir y ver si era cierto que mi papa tenía una mujer con él en su oficina, que gran odisea para una niña de ocho años. Vivíamos al lado de negocio de mis padres, bastaba caminar unos cuantos pasos.
Para ese tiempo los negocios habían crecido, mi papa tenía un bonito edificio y una bonita oficina, la oficina tenía grandes ventanas, así que podías ver todo desde fuera, camine hasta ahí, con el corazón palpitándome en la garganta, con la sed necia de querer saber, solo que cuando llegue y vi, desee no haber deseado. llegue gateando a la ventana y lentamente subí mi cabecita para asomarme por el borde inferior de la ventana, ahí estaba mi papa con otras personas, como en una burbuja de humo, mientras fumaba en la oficina, se paró el reloj de mi tiempo, parecía que todo pasaba en cámara lenta, y vi , vi a mi papa,  él estaba sentado en su silla de jefe y frente a él sentada en su escritorio, una mujer, que claro no era mi madre, una mujer con ropa ajustada que se reía a carcajadas, como si le contases cosas muy graciosas o como que estuviese muy feliz, ella reía mientras ponía su pie por encima del pantalón de mi padre, en el área de su miembro masculino, fue tan  aberrante, la mirada llena de oscuridad de mi padre, la mentira, la presunta felicidad, la infidelidad,  darte cuenta a tan corta edad, que tu papa es una bestia, un enfermo, que estaba ahí, a solo pasos del lugar donde vivían su esposa y sus hijos, ahí con una prostituta, teniendo un buen momento, mientras que yo a mis cortos años, me di brutalmente cuenta que el mundo es un gran retrete y que te puede demoler los sueños en un segundo y no hay nadie que pueda protegerte, lo que no sabía es que todas estas marcas, me iban hacer un orificio profundo en la esperanza.  

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